sábado, 5 de febrero de 2022

Jardín Botánico, de Federico Gallego Ripoll

 I

El jardín, público o privado, es una entidad emocional única, con connotaciones propias, donde se manifiestan los estados de ánimo, tanto en lo positivo como en lo negativo: en ellos la alegría y la tristeza emergen y prosperan, en el mismo sentido que las agujas del reloj y al compás de las estaciones del año y sus sabidas climatologías: la vida cronológica tiene también esas mismas magnitudes.


Los jardines públicos son una pieza social fundamental en los barrios de nuestras ciudades, porque vertebran emocionalmente a sus ciudadanos y acogen a la diversidad de fauna que experimenta el asfalto y el hormigón como un hogar hostil; también los jardines privados sirven como pequeños oasis para insectos, aves y pequeños animales, sin embargo, el jardín privado, es inalienable y está ideado para el recreo de su propietario y sus invitados.


En muchas ciudades además existe el privilegio de contar con uno o varios jardines botánicos. Estos, a medio camino entre aquellos otros, públicos o privados, pero con la misma idiosincrasia aunque concebidos en gran parte, reconvertidos a veces, para la conservación, el estudio y la divulgación de las múltiples especies y variedades que estos acojan. Un jardín botánico es también un libro abierto de par en par, donde el paseo se convierte en viaje, que invita al individuo a la exploración y búsqueda interior en un contexto extraño, con otras realidades, reunidas en las cientos de especies vegetales que en él acontecen para su contemplación.

II

Poetas andan por los jardines, escribió -a modo de verso,  título de un poema, y todo un poemario- Juan Antonio Mora, poeta y amigo. Porque me sentí interpelado, y me explica en cierto modo, guardé la cita en el [mi] diario personal de un jardinero de mierda: Gardenjunkies (Tigres de papel, 2017). Jardinería y poesía, no manifiesto nada nuevo si afirmo -una vez más- que son dos de mis pasiones predilectas. La primera, como profesión alimenta al sujeto, y la segunda, como oficio, sustenta su espíritu, el alma... sea eso lo que quiera que sea, pero que, cuando de algún modo incide en uno, trata aplacarlo y pacificarlo. Sucede, que en ocasiones dentro de mi particularidad, ocurre a la inversa y con más perseverancia me ayuda a desenfundar la irritación: así ejerzo yo mismamente la poesía, en desacorde con mi paz interior, pero ese problema, si es que fuera problema, es solamente mío. Otra historia.


Otra historia propia,  la de un tiempo a esta parte, donde trato de manejarme entre manuales técnicos, libros de botánica, herbarios y la dedicación de mis lecturas a dotados próceres que escriban de lo verde y de ese modo saciar mi ignorancia vegetal, que es mucha. Un totum revolutum donde también intento atender a otros libros y a otros autores, sobre todo de poesía, sin embargo, a estos últimos les pido -sin exigencia- que haya un mínimo de vegetación entre sus páginas y, si esta está presente, que adquiera cierto protagonismo.

III

Hojarasca, flores, árboles, arbustos, matorrales, selvas y arboledas... plantas. Por motivos vegetales Federico Gallego Ripoll ya apareció por aquí, hace justamente un año y lo hizo mediante un poema donde aparecen ni más ni menos que cuarenta y cinco especies vegetales, en un poema de catorce versos y cincuenta y tres palabras: este poema se llama Arcano y aparece en su libro ‘Tarot’ (Ed. Libertarias, 1991). Una puta maravilla. Hoy traigo de nuevo al blog a este autor, con un libro que en su día fue publicado por Cuadernos de la Erranteria en 2021, en una edición al cuidado de Javier Gil. El libro me lo facilitó Raúl Nieto de la Torre, y como quiera  fuese Raúl sabía que por las afinidades que en él aparecen me iba a gustar. Acertó de pleno: Jardín Botánico (ese es su nombre ), me ha gustado mucho.



Ripoll ya de entrada, en la solapa de Jardín Botánico, me pone en con las orejas en punta cuando en ella escribe《...Jardín Botánico propone un simple itinerario existencial en el que cada lector se reconozca en la propia medida de su paso.》


De manera que me adentré en él con la disonancia que acostumbro, y lo hice por la parte de atrás (siempre he sido de esos que leían los periódicos por su hoja final). El caso es que comencé a ojear el índice y ya me topé con una estructura, que pareciera diseñada por todo un paisajista inglés (de los mejores) y haciendo gala de ciertos elementos constructibles: Extramuros, El sendero, El estanque… algún otro futurible: La umbría, El laberinto, Arboretum, y otro de necesidad y ubicación: La claridad. En esta construcción se fragmenta los distintos apartados del libro.


Luego, en mi impertinencia, busqué en la lectura otros principios básicos o elementos esenciales del diseño en todo jardín que se digne de llamarse jardín... cuaderno de poemas o poemario y en efecto, ahí estaban: la unidad, el equilibrio, la armonía, las líneas, el color... la proporción… y no había más duda, lo que el autor proponía era un jardín: su jardín... un jardín hecho a medida, poema tras poema, que transmuta en espléndido poemario.

 

Somático en lo corpóreo porque en la lectura de este libro pude palpar perfectamente la parte física, a través de sus estancias y lugares, también pude sentir la presencia de algunos de sus protagonistas allí, como los árboles, que van sucediéndose indistintamente en la mayoría de poemas, árboles en sus generalidades comunes y colectivas y otras experimentadas por el autor. De la lectura emocional me quedo, o mejor dicho, recojo la sensibilidad -que yo pienso ejerce de eje común- en este itinerario, pues reconocerse en ella implica asumir el propósito de la invitación a esta lectura, aquella que emanaba desde la misma solapa del libro y que poco a poco va tomando forma según avanzan las páginas; una sensibilidad no sólo estética para reconocernos en una belleza determinada, sino que también sale a mi encuentro otra sensibilidad, la expresiva, y que me acerca al extrañamiento, donde me puedo reconciliar, sin apenas esfuerzo, con el Reino Vegetal, al que pertenecen los organismos que viven y crecen sin poder moverse de un lugar voluntariamente, igual que un lector absorto. Creo que esta propuesta de Federico Gallego Ripoll: Jardín Botánico, dos cosas ha conseguido en mí, transportarme fuera de lugar y lo contrario.


No quería concluir este post sin antes atinar con un consejo. O mejor, con Un sencillo consejo, como el que propina este poema y que vale de comienzo a la parte de El sendero, en Jardín Botánico:



No elegir el jardín es cosa seria,

porque nos viene dado.

La voz del jardinero es cuanto puedes 

tu pleno patrimonio.

Y has de crecer hermoso para que el hombre cante

y rastrille con mimo la tierra

haciendo círculos en torno a ti.

Lo demás se te ha otorgado por añadidura:

el sol, los nidos,

la fuerte lluvia que descama tu piel

(o la blanda que sabe a barro dulce),

el horizonte, que se va alejando

a medida que elevas

tu perseverancia.


Sólo el canto del hombre, sólo su risa,

es tu elección. Así es que, aplícate:

si tú eres un buen árbol no estarás nunca solo,

será buena tu vida.


lunes, 31 de enero de 2022

Libro de las luminarias -fragmento- (SHÍLITUS, de Enrique Falcón)


 Decimos que no hay justicia, y para que la haiga, soñaremos todo lo que nos dé la gana, y soñando, un suponer, traeremos acá la justicia. [Galdós]

El arte del sueño revolucionario puede desempeñar un papel determinante en las épocas prerrevolucionarias. [ Žižek]


El árbol del mundo es un patíbulo-

El árbol de la cruz es un patíbulo-

El árbol de la ixtab es un patíbulo-


Bajo el árbol del kandásh

una pluma de viento.

Bajo el roble del norte y el arce blanco del sur

la tumba que no esculpimos para Noah y Farnés.

Los buscamos todavía en las postrimerías del bosque,

ya han danzado para ellos su canción de sombra,

sin remedio entonces

talábamos y talábamos

la raíz del fresno.

Y al calor de las hojas

tendíamos nuestros cuerpos (señalando un nudo):

hacíamos penitencia

sobre polvo y ceniza.

Bajo el árbol del kandásh,

una pluma de viento.

Bajo el árbol que esquilmamos nuestra estupidez,

la semilla de todos los cipreses del mundo.


Somos todavía aquellos dos troncos de madera

que en el Tiempo de los Nombres

(fresno y olmo) tallaron ViliVé

y el tercer hermano que entregó su ojo

a cambio de algo más que sabiduría


-poder, tierra, y el agua de lluvia-


todavía barro y alambre sobre un bosque en tiniebla,

herederas de las visiones que trocieron unos seres dormidos:

culebras de laguna bajo las estrellas

bajo la cellisca

cuando todo estaba quieto y nada se cambiaba


por cuatro veces recreadas a partir del maíz

aún nos faltaban los ojos y apenas en pie

nos desintegrábamos al contacto con el agua,

todavía nosotras, en los cuatro rincones del mundo


nosotras:


emparentadas por el poder de la sangre

brotamos de Lamga,

brotamos de Ki

brotamos de Aruru y brotamos de Enlil


(tierra modelada en el torno de aquel ceramista

que después se cansó,

el que hizo añicos su rueda tras hacerlas girar

sustento tras sustento,

el Señor de la Casa de la Vida)


nosotras:


limo pobremente tomado del río,

cuerda introducida en cada gota de arcilla

por Nüwa, quien antes había tallado

el curso boquiabierto de los manantiales

para quienes nos antecedieron, los diez mil seres

generados del uno que se vertió en dos


nosotras:


desnudas e indefensas todavía aceptamos el regalo del fuego,

hijas de la cañalea que aún calienta nuestras manos

tras alcanzar el recinto esperado

de las congregaciones


nosotras:


todavía el lamento increpado hacia el sol,

aquel doble soplo insuflado en la arcilla


y diga la madera

diga el tallo del olmo

diga la reunión de los juncos

diga la lluvia y diga el maíz

diga el poder de la sangre

diga el limo

diga el barro

diga el fuego lo que somos,

todavía aquel soplo: hincado en la arcilla


Porque con plegarias atroces, ranas, lagartos y aves

lloraban la desaparición de los insectos,

con plegarias atroces

como niños trepando e incendiando cosas

entre las hojas de los árboles

ya nadie podía verlos


la desaparición

la desaparición de las rutas marítimas 

la suspensión permanente de las conexiones de vuelo

hacían popular la canción «Robinson

ha vuelto otra vez a su isla perdida

vuelve con su ejército vuelve-vuelve

para no salir jamás»


Para los días de viento

preservábamos en cada hombre todo un parque natural

abriéndose y cerrando

en el sueño primordial de cada planta

hojas que extendidas se retraen por las noches

al mínimo tacto de dios

que en las minúsculas roturas de las bolsas celulares

van lanzando inadvertidos clics en todas direcciones

avisos desde las raíces

en la escucha escondida del subsuelo

en el tiempo del reposo y del descanso

único anillo

que une la tierra con el sol

esa pauta emergente de estructuras redundantes

que a modo de enjambre cultiva

la amistad del viento

la comitiva de insectos

y en pleno vuelo perpetúa los envíos

inseguros de la vida

ortigas tejos y laurel en sus casas dobles

castañas y encinas en sus moradas únicas

el pacto de murciélagos y faros liana

con su moneda de néctar

esa forma fiel que toma la primera

libación de la mañana y el azul con que tiñe

su pétalo el altramuz

ese

gesto imperativo

ciertamente generoso ese engaño

que la orquídea en su disfraz de hembra

llama para el acto del amor -la cópula

tardía que cubre la cabeza amante

todavía más insaciable en las nuevas uniones

sobre falsas superficies deliciosamente pelosas

la cala negra que se vuelve

olor fruta fermentada

prisión y cautiverio junto a senderos y arroyos

que en las horas de la noche

dulce cautiverio de amor de la cala negra

o del titánico aro gigante que en sus reclamos

de cadáver en lentísima descomposición

despliega el poderoso avance de la vida

el mismo poderoso terco avance

que en archivos de polen

cabalga sobre el ala bráctea de los tilos

la pulpa azucarada que los frutos

confían a las aves la semilla

transportaba en el vientre de los osos

el reclamo rojizo que el cerezo

activa únicamente en el tiempo oportuno

para que la vida desgaje

su comienzo pulsátil

su estallido nuclear en el interior de las capillas

excavadas tiernamente

en los laberintos de cada hormiguero

el peligro mortal que supone un destiempo

un error de ingesta prematuro

la falta de respeto a las cadencias

con que la vida impuso sus ritmos

a la totalidad del mundo y las especies

lo que hicimos con la supuesta mejora del maíz

al extraer el clavo de especia

que ancestralmente invocaba a los gusanos

que cerca de las raíces devoraban parásitos y larvas

como la judía de lima en sus pactos cruentos

con los ácaros carnívoros

como la lenteja en sus pactos pacientes

con las bacterias simbiontes

esa conversación que en el subsuelo

empezó siendo química y ahora habla de dios

dios entregándose a sí mismo en nitrógeno y azúcares

dios entregándose a sí mismo en pactos micorrizos

dios entregándose a sí mismo en árboles y hongos

dios donándose a sí mismo 

en la tímida firmemente respetuosa amistad

de las copas del alerce

que deciden no tocarse

y en las que

sí se entrelazan

en innumerables abrazos aéreos

buscando una herida de luz

sobre la que puedan fatigosamente temblar

sabiamente cerrar en las horas centrales del día

madera y corteza

abriendo sus minúsculas compuertas oclusivas

hacia un cielo que exclama:

«Dígase que es bello este mundo aquí abajo

y en él ya no cabe ninguna traición»


Así,

del todo iluminadas por las lámparas del bosque

en el breve momento

que en los toques de queda

abríamos los accesos del recinto

(y nos petrificábamos

para una tarde innoble),

podíamos seguir

el curso aéreo de cada semilla

y en cada forastero

saludar a un viejo hijo adoptivo.


Por detrás de las ventanas

por detrás de las ventanas

éramos

el furor y el descanso en la piedra.


Fuimos heridas, y herimos

Escuchamos los espíritus del paisaje

y en las pezuñas de un solo venado

entrevimos el curso humano entero.


(…)



NOTA: El poema de hoy es un fragmento del Libro de las luminarias, encuadrado en el artefacto poético y político SHÍTILUS (La Oveja Roja ed.2020) del poeta Enrique Falcón. Además, este mismo fragmento fue el que me correspondió leer a mí en el recital colectivo que en el mes de octubre [2021] tuvo lugar en Aleatorio Bar. Su autor nos había convocado en comunión a diversos poetas para leer distintos extractos de los capítulos que conforman SHÍTILUS, y de paso celebrar su publicación, en una lectura pública con una duración estimada en alrededor de tres horas.


Abría la celebración el mismo Quique y sucedían amigas y amigos… Isaías, Ana, Alicia, Escandar, Javi… Belén y Eva cerrarían el acto. Mientras esperaba mi turno [después de Javi] iba mamando cerveza sobre cerveza, imaginándome en el pudor de mi lectura, organizando las palabras, intentando respetar en lo posible la oralidad única del maestro (quien haya tenido el privilegio de escucharlo alguna vez sabrá cómo su voz se ancla al tímpano), entonces intentaba vocalizar sin mi propia voz en mi pensamiento lo mejor posible, para mi turno y para que el cenicero que tengo por garganta no se colmase de las estupideces que regala el lúpulo mal asimilado, igualmente procuraba acumular todo el oxígeno necesario, la parte saludable del mismo, para corresponder a un texto prime, talla XL y calidad suprema.



Por qué no, también monté la particular interpretación del texto en mi memoria y por ello recurrí al ritual, a mi propia perfomance, la que me ha proporcionado mi oficio y profesión a lo largo de estos años, cada vez que he tenido que talar o apear un árbol, mutilar alguna de sus ramas, en definitiva, despojarle parte de su universo verde. En el ejercicio de una tala, también en una poda, sobre todo en las más agresivas, y una vez provisto de la protección individual correspondiente, mientras aseo y alimento de mezcla a la máquina, creo siempre pertinente un previo y dedicar mis suplicios, a modo de oración, ante la presencia de la madera todavía viva y antes de que el árbol transmute tronzado a tocón. Todavía es así. Esta liturgia mía también necesita del sonido metálico de la motosierra para que, si acaso, el llanto, el dolor o la súplica de los condenados, llegue mudo a mis oídos. Y eso mismo hice aquella noche, proponiendo mi ritual, ante el público árbol, con el texto leyenda, para sorpresa del mítico Quique. Aún con todo, ahora siento el atrevimiento como siento la orfandad que voy dejando en cada jardín o zona verde en la que laboro. Aquel día me acompañé de la suficiencia de la noche y le pedí a Escandar que buscase en la telaraña virtual el sonido de una motosierra para que me acompañase en la lectura, tampoco olvido algunos pasajes del poema, donde me faltó el aire, que me proporcionó dificultades para cumplir con el regalo de leer a Enrique Falcón en público. Quién sabe, si quizá como un castigo natural y saldo pendiente, de aquellos que exterminé a cambio de unas pocas monedas, no me llegaba el aire.


La foto 1. Enrique Falcón según Demian Ortiz

La foto 2. Es la portada de SHÍTILUS

La foto 3. Ése (soy yo en aquel momento, la noche de marras) por cortesía de María Karmo


viernes, 12 de febrero de 2021

ARCANO VI/ Los enamorados

 

 


CALÉNDULA ojicanta adormidera
rododendro saúco mejorana
mimosa crisantemo valeriana
maravilla jacinto sanseviera 

nenúfar engladina enredadera
granada girasol mirra genciana 
magnolia siempreviva nuez juliana 

quimbombó sasafrás rosa de China
taronjil zarzamora balsamina
poleo picaranto grama hinojo 

narciso sicomoro vid cerezo
tamarindo frambuesa liquen brezo 
y ajenjo y perejil y tilo y tojo 

sobre ceniza. 

De: Federico Gallego Ripoll, en su libro "Tarot" (Ed. Libertarias, 1991)


martes, 8 de diciembre de 2020

TRES O CUATROS POETAS Y CUATRO O CINCO CARDOS

 TRES O CUATROS POETAS Y CUATRO O CINCO CARDOS. Por Gsús Bonilla

Septiembre acababa de nacer. Recién parido en el orden gregoriano del calendario trae un llanto desesperado, que pareciera implorar la urgencia de cambio de solsticio. Llueve. Vendrá el otoño, pero eso será cuando no le quede más remedio. El otoño climático obedece a sus cosas de hemisferio, al movimiento y la parsimonia del planeta. También, al capricho de la luna. No a un número pintado en un papel, clavado en la pared. Ciertamente, algunos insectos han decidido desaparecer o, al menos, dejar de hacerse visibles durante gran parte del día; otros, sin embargo, empezaron por elegir su pupa y resguardarse.

Plantas y arbolado esperan una segunda oportunidad, la gracia de un clima más sosegado y amable que el castigo del rey sol semanas atrás. El campo, los jardines, desprenden el olor de los acontecimientos, dejando para el recuerdo el aroma perpetuo de los secarrales. En ellos, en los taludes abandonados, al margen de los caminos, en las escombreras y solares perdidos, se erige empoderado y majestuoso un cardo gigante, de nombre Onopordum nervosum.

Hace días tuve el oficio de deshacerme de esta planta, criminalizada y condenada en todo plan de labor que proponga cualquier concejalía medioambiental de una Entidad local. En aquel mano a mano, donde gracias al peso afilado de mi azada me aventuraba vencedor, tuve ocasión de medir unas fortalezas. Las propias del mundo vegetal y las singulares de mi cuerpo cansado. Resultado de la contienda: perforación de córnea en mi ojo izquierdo.


Asumí la derrota. Quizá sea por este hecho, el que ahora me vea en la necesidad de honrar a esta planta. O lo mismo, es porque desde siempre me han atraído las espinas en su escuálida y amarillenta fragilidad estival, claro que, aquellos cardos de los que yo tenía noticias apenas sobrepasaban veinticinco centímetros y siempre, que yo recuerde, ganaba la suela de mi sandalia.

O puede que también sea, que desde que me dedico a conjugar mi oficio de jardinero con esto de empujar poemas de precipicio en precipicio, he deseado restituir la figura de una planta denostada en la creación literaria. No obstante, en la simbología emocional de la poesía en castellano y como recurso literario en la creación poética, la alegoría al cardo ha sido utilizada en tantas ocasiones como poetas pueblan los estantes de la Biblioteca Nacional; tantas veces, como poetas decimos escribir poemas. Y en tantas ocasiones usado de ejemplo popular, de lo poco decoroso y antiestético, del daño y del sufrimiento. En definitiva, fue recurso del tópico común de lo nada bueno y sinónimo perpetuo de la fealdad. Acompañado, en no pocas ocasiones, de zarzas y ortigas en este baile de llantos.

En mi afán reivindicativo decidí comenzar por los significados y las palabras, por los conceptos que aclaran el lenguaje o, dicho de otro modo, tuve la necesidad de recurrir al Diccionario de la lengua española. Para ser exacto, a los significados que ofrece la Real Academia. Y, la verdad, nada nuevo bajo el sol. Dice la RAE sobre el cardo. Del lat. cardus. hojas grandes y espinosas como las de la alcachofa, flores azules en cabezuela, y pencas que se comen crudas o cocidas, después de aporcada la planta para que resulten más blancas, tiernas y sabrosas. 2. m. coloq. Persona arisca. 3. m. Bol., Cuba y Ec. caraguatá. “Más áspero que un cardo” 1. expr. coloq. Usada para ponderar el carácter adusto y desabrido de alguien. Aunque he de decir que encontré otras evidencias, más esmeradas en el sentido de la descripción botánica, donde a través de una colección de generalidades me hizo caer en la cuenta de la variedad e importancia, para nuestro diccionario, de esta fantástica planta.

De vernáculo en vernáculo transcurría mi descubrimiento. Salía a relucir un cardo ajonjero, cardo aljonjero o ajonjera (Carlina gummifera o Carlina acaulis ); el cardo bendito o cardo santo (Cnicus benedictus); otro popular o posiblemente más conocido por todos y protagonista en mi batalla (quizá también el más confuso al identificar, por confundirlo con el Eryngium campestre): cardo borriqueño, cardo borriquero o yesquero, el Onopordum nervosum), del que la RAE ofrece una fotografía detallada: “cardo que llega a unos tres metros de altura, con las hojas rizadas y espinosas, el tallo con dos bordes membranosos, y flores purpúreas en cabezuelas terminales”


Escrupulosa en pormenores y algo más exacta, la RAE, dibuja a otra familia (Apieceae) de la que algunos cardos, primos de hinojos y perejiles, también forman parte a través del cardo estelado, corredor, setero o cardo cucar (Eryngium campestre), el dibujo tenía este trazo: planta anual, de la familia de las umbelíferas, de un metro de altura, tallo subdividido, hojas coriáceas, espinosas por el borde, flores blancas en cabezuelas y fruto ovoide espinoso. Aunque inmediatamente es más escueta con el llamado cardo de María -señora con la que poco tiene que ver- o, mejor, cardo mariano, vernáculo derivado de su localización primigenia se dice, de la Silybum marianum, en Sierra Morena; supongo que, para el académico de entonces, no sea de este cardo nada digno de mención. A continuación, retoma la particularidad aludiendo al cardo estrellado (Centaurea calcitrapa): cardo de tallo peloso, hojas laciniadas, y flores blancas o purpúreas, dispuestas en cabezuelas laterales y sentadas, con espinas blancas.

De una planta silvestre que bien podría parecer un cardo, la narcotizante Lactuca virosa, nos indica que es de tallo derecho y leñoso, que alcanza unos dos metros de altura, de hojas grandes, sinuosas, dentadas y con espinas, flores de color amarillento rojizo, solitarias, terminales y sentadas. La planta está cubierta de un jugo viscoso y blanquecino. Sea porque esta plantita, emparentada con las jugosas lechugas, en muchos lugares es conocida como “cardo lechar o cardo lecherón:” Afortunadamente, en una página siguiente, como si fuese un acto de arrepentimiento, retoma y enmienda la figura del cardo originario de Sierra Morena, apuntando de él: cardo de tallos derechos, hojas abrazadoras, escotadas, espinosas por el margen y manchadas de blanco, y flores purpúreas en cabezuelas terminales.

En definitiva, lo que la RAE ofrece es una muestra algo representativa de entre los cientos y cientos de estas plantas, divididas en familias y subfamilias, especies y variedades, de las que se tiene constancia. Aun con todo, me quedó el sinsabor de que habría podido incluir algún ejemplar más, aunque hubiera sido un par más. Por tanto, con mi inquietud a cuestas, acudí a la sabiduría del pueblo, allí donde los apegados a la tierra saben de virtudes y fracasos, de tópicos y estereotipos, de dichos y sentencias y son expertos en refranes.

Pues qué otra cosa es el refranero sino el poemario popular de la tribu, ancestral como la propia palabra. Porque raro es quien no haya oído alguna vez aquello de Unos cardan la lana y otros se llevan la fama, refrán que me retrotrae a una de las especies utilizadas desde antiguo para menesteres varios. La cardoncha, cardo cardador o cardo de cardadores, donde tejedores de antaño y sus pisones de madera, movidos la por fuerza del agua, desenredaban cientos de fardos de lana con las cabezuelas de la Dipsacus fullonum para confeccionar paños y mantas.

Por no extender mucho más este apunte refranero y no caer en más repeticiones -que sin duda habrán de darse en lo que resta de texto- no estaría de más hacer referencia a la parte del estómago, si acaso para señalar a un par de ellos, o quizá tres, importantes, conjugados en este refrán que hasta hoy desconocía:  Del cardo la hoja, de la alcachofa: el corazón, donde encuentro homenaje (acaso por resarcir de la penuria del hambre, en la barbarie franquista de los años bélicos -y posteriores-, a las personas más humildes de nuestro país) para el ibérico Scolymus hispánicus, cardillo, cardo de olla o tagarnina; he ahí la alcachofa silvestre Cynara cardunculus e igualmente la domesticada Cynara scolymus o alcachofa, también nombrada alcaucil.

Otra muestra más para seguir incidiendo en la nada descabellada idea, la que mereciera estos pocos apuntes de mi historia, o mejor, la de los cardos por sí sola, sea el que defendiese que estamos ante una magnífica planta, que por distintos motivos ha llamado, desde siempre, la atención de las personas. Sin embargo, a pesar de la diversidad de especies y sus singulares y múltiples características, me queda la desazón del agravio porque se haya simplificado en "cardo" todo aquello que estilísticamente no gustaba, si acaso en el desprecio acostumbrado de denostar éso que el hombre desde antiguo consideró inferior a su Ser.

Cardos de los que sabemos en el antiguo y nuevo Testamento, donde los estudiosos de la flora de la Tierra Santa identificaron una Centaura spinosa (Isaias 34:13). Se sabe que un silybum fue citado por Plinio y por Dioscórides en su "Materia médica". Posiblemente sea un Cirsium heterophyllum (Cardo de la melancolía) la flor nacional de Escocia, aunque hay quien opta por el Cirsium vulgare o cardo guardián, quizá porque este se ajuste más a la leyenda que lo acompaña, en cualquier caso, lo es desde tiempos inmemoriales; igual que su protagonismo en épicos y patrióticos poemas, escritos algunos de los mismos por poetas vecinos de la nación del whisky. Es el caso del inglés Ted Hughes.

Planta que no pasó desapercibida en la literatura, como era de intuir. Fueron muchos, y lo son todavía, quienes hacen de estos vegetales protagonistas secundarios en sus versos, cuentos o narraciones; hasta hubo quien decidió que un cardo cualquiera, por sí mismo, ejerciera de primera estrella en distintos y variados textos. En las aventuras del cardo Hans Christian Andersen hizo de reyes y plebeyos una fábula perenne, recurriendo a la misma flor de Escocia. Unamuno se perdió con ellos en un poema o el propio Juan Ramón, donde a lomos de su Platero (el cardo y el asno, de siempre uña y carne en el imaginario popular) se topa con las Renegridas, sudorosas, sucias, perdidas en el polvo con sol del mediodía, aún una flaca hermosura recia las acompaña, como un recuerdo seco y duro... Míralas a las tres, Platero. ¡Con qué confianza llevan la vejez a la vida, penetradas por la primavera esta que hace florecer de amarillo el cardo en la vibrante dulzura de su hervoroso sol! El poeta de Moguer además de en el capítulo de Las tres viejas incidiría con los cardos en su obra poética; quizá llevado por el conocimiento propio de quien no se sabe atractivo y ese temor de aprobación del otro, escribiría una pequeña oda a la resignación, bajo el título de Dios del amor.

Unos versos llevados con impasibilidad hacia la categoría de doliente, con la cualidad extraordinaria del que se sabe maestro en el oficio del poema: Lo que queráis, señor;/ y sea lo que queráis.// Si queréis que entre las rosas/ ría hacia los matinales/ resplandores de la vida,/ que sea lo que queráis.// Si queréis que entre los cardos/ sangre hacia las insondables/ sombras de la noche eterna,/ que sea lo que queráis.// Gracias si queréis que mire,/ gracias si queréis cegarme;/ gracias por todo y por nada,/ y sea lo que queráis.// Lo que queráis, señor;/ y sea lo que queráis.

Me pregunto, si este par de cardos de Jiménez serán aquellas alcachofas silvestres que antes apunté o quizá el cardo mariano, o ambos, especies que en la actualidad sirven de cura al suelo hostil por las tierras del poeta, siendo capaces de colonizar y regenerar suelos contaminados, como los afectados por vertidos criminales y la tiranía medioambiental de las tóxicas petroquímicas. Cardos para emendar el suelo, tarea restauradora, nitrógeno para el espíritu, exactos como Juan Ramón Jiménez, la palabra y su poética.

Cardos que encajaron en la poesía. En poetas enormes, de talla… Lorca, Vallejo, Neruda, Mistral, Cradenal, Orozco, Ajmatova, Martí, Aleixandre, que valgan de ejemplo…  «Un cardo también es un poema». Y poemas para la posteridad en El Gayo que no cesa; como no cesara Miguel, poema a poema, cuando se trata de cardos y poesía. Recurrió a ellos en decenas de poemas.

No trataré de descubrir aquí y ahora su vida y penurias, el origen del poeta. Pero si hay alguien que tenga el don de la poesía y la capacidad de la palabra sufrida ese, sin duda, fue Miguel Hernández, quien desde su zurrón de dignidad, con la zamarra propia de su suerte, pastoreaba niño lindes y veredas, cordeles y cañadas, preñadas de cardos. Por tanto, planta familiar, hermana de sangres, sudores y lágrimas, para él. Compañeras que en su poética representarían el desgarramiento del dolor propio: Umbrío por la pena, casi bruno, /porque la pena tizna cuando estalla,/ donde yo no me hallo, no se halla/ hombre más apenado que ninguno./Sobre la pena duermo solo y uno,/ pena es mi paz y pena mi batalla,/perro que ni me deja ni se calla,/siempre a su dueño fiel, pero importuno./Cardos y penas llevo por corona,/cardos y penas siembran sus leopardos/ y no me dejan bueno hueso alguno./ No podrá con la pena mi persona/rodeada de penas y de cardos/: ¡cuánto penar para morirse uno.

Pero no sólo de lo estético vivo en mi desánimo. La repulsa y el argumento para la negación del otro alimenta por momentos mi tristeza, que perplejo me llevan a otros versos, donde encuentro otra violencia y, quizá, demasiada animadversión hacia esta planta única, significado sobresaliente en ejemplos de la familia Astaraceae (estirpe retratada en otro tópico: "margarita", que nos retrotraerá de un plumazo a la belleza de una flor cualquiera y por todos conocida). A Don José Emilio Pacheco le otorgué el exceso y la capacidad de profundizar en los matices de esta planta de flor humilde y exponerlos -o exhibirlos- en sus composiciones. El loado poeta mexical, de quien no quiero trascribir su poema El cardo (aunque invito desde aquí a un ejercicio de búsqueda), donde en la traslación transcurre desde lo arbustivo al plano humano en el poema y que me mueve a pensar en cierto exceso bélico hacia un ser vivo. Me pregunto qué le llevaría a este hombre en su ejercicio herboricida.

Yo imagino en su poema al Silybum marianum, el cardo mariano ya apuntado, posible casi en cualquier punto del planeta y ciertamente exótico, por el conformado volumen de espinas a modo de sistema defensivo que le acompañará durante toda su corta vida. Maravilloso en el porte, su esplendor colorido y primaveral. Hipnótico, incluso moribundo. De la misma manera fantaseo con don José Emilo y su proclama, llevado en volandas o sacado en procesión por un nutrido grupo de latifundistas agradecidos. Bueno, la imaginación a veces es caprichosa, pero no es menos cierta la realidad, porque hay noticias donde se apunta que, desde algunos ámbitos naturalistas en aquellas latitudes, abogan por erradicar las poblaciones existentes de Silybum y allegados. Por lo visto, a ellos y al poeta les resulta una planta prescindible en sus ecosistemas. Una pena.


Algo similar sucede con el canon verde en el esplendor que acoge a la subjetividad del mundo vegetal. Botánicos, paisajistas, naturalistas, ecologistas, jardineros… donde las apariencias que moldean el raciocinio en ocasiones nos lleva a denostar la belleza, puede que oculta, de una u otra planta. Tampoco es fácil, cuando se trata de plantas, llegar a la capacidad de distinguir entre belleza y/o fealdad. Supongo que el encanto, como se dice del buen vino, hay no solo descubrirlo sino disfrutarlo, cuando se encuentra. Y suele estar ahí, al otro lado de las gafas de mirar más allá de la nariz. Y como no me sale ser imparcial, quizás por ese poquino de juicio que uno sigue atesorando en su neocórtex atelarañado, decidí reivindicar en esta nota el preciosismo de esta planta marginada y desapercibida, aun siendo protagonista de cualquier rincón imaginable.

Porque quise saber cómo en el sentido del cardo respira la poesía actual en castellano, aludí a ella en mis redes sociales. Salieron a mi encuentro poetas, amigos y amigas, quienes a través de sus propias composiciones o lecturas recomendadas, me pude hacer otra idea, la de que el cardo goza de buena salud en nuestras letras. Leí con cierta amargura y mucho agradecimiento a mis contemporáneos: Cristina Morano, Sara Castelar Lorca, Tomás Rivero, Carmen del Río, Jorge Molinero, David Benedicte, Daniel Macias, Paco Moral, Giovanni Collazos, Jorge García Torrego, Anabel Caride, Tomás Soler Borja, Mar Gómez, Marisol Torres, Esther Cinta Reyes, Alania Sánchez, Jacob Iglesias, Auxi Comendador, Ana Gorría y Óscar Ayala,

Aunque en ocasiones me han herido, dije, a veces con cierta gravedad, me maravillan estas plantas que miro escuálidas y desabridas, recargadas de aguijones y espinas, casi siempre de un amarillo flaco, en inhóspitos lugares. Me atraen sobre todo cuando van amarilleando, poco a poco, hasta dejar su verde característico que las reconoce como herbáceas y desprenderse de su multiplicidad de colores cuando florecen. Me parece fascinante su capacidad de resistencia, su empeño en asentarse en cualquier terreno y multiplicarse. También porque son esplendorosas en sus cientos de formas y variedades, a cual más inquietante.

En este inventario de extremos me habré dejado seguro, en el camino, en el hábitat de la cuneta, más de una y de dos y de tres que todavía he de descubrir, así que prometo seguir atisbando con la mirada que me queda y, si puedo, rescatarla para el futuro, sin ir más lejos.