martes, 8 de diciembre de 2020

TRES O CUATROS POETAS Y CUATRO O CINCO CARDOS

 TRES O CUATROS POETAS Y CUATRO O CINCO CARDOS. Por Gsús Bonilla

Septiembre acababa de nacer. Recién parido en el orden gregoriano del calendario trae un llanto desesperado, que pareciera implorar la urgencia de cambio de solsticio. Llueve. Vendrá el otoño, pero eso será cuando no le quede más remedio. El otoño climático obedece a sus cosas de hemisferio, al movimiento y la parsimonia del plantea. También, al capricho de la luna. No a un número pintado en un papel, clavado en la pared. Ciertamente, algunos insectos han decidido desaparecer o, al menos, dejar de hacerse visibles durante gran parte del día; otros, sin embargo, empezaron por elegir su pupa y resguardarse.

Plantas y arbolado esperan una segunda oportunidad, la gracia de un clima más sosegado y amable que el castigo del rey sol semanas atrás. El campo, los jardines, desprenden el olor de los acontecimientos, dejando para el recuerdo el aroma perpetuo de los secarrales. En ellos, en los taludes abandonados, al margen de los caminos, en las escombreras y solares perdidos, se erige empoderado y majestuoso un cardo gigante, de nombre Onopordum nervosum.

Hace días tuve el oficio de deshacerme de esta planta, criminalizada y condenada en todo plan de labor que proponga cualquier concejalía medioambiental de una Entidad local. En aquel mano a mano, donde gracias al peso afilado de mi azada me aventuraba vencedor, tuve ocasión de medir unas fortalezas. Las propias del mundo vegetal y las singulares de mi cuerpo cansado. Resultado de la contienda: perforación de córnea en mi ojo izquierdo.


Asumí la derrota. Quizá sea por este hecho, el que ahora me vea en la necesidad de honrar a esta planta. O lo mismo, es porque desde siempre me han atraído las espinas en su escuálida y amarillenta fragilidad estival, claro que, aquellos cardos de los que yo tenía noticias apenas sobrepasaban veinticinco centímetros y siempre, que yo recuerde, ganaba la suela de mi sandalia.

O puede que también sea, que desde que me dedico a conjugar mi oficio de jardinero con esto de empujar poemas de precipicio en precipicio, he deseado restituir la figura de una planta denostada en la creación literaria. No obstante, en la simbología emocional de la poesía en castellano y como recurso literario en la creación poética, la alegoría al cardo ha sido utilizada en tantas ocasiones como poetas pueblan los estantes de la Biblioteca Nacional; tantas veces, como poetas decimos escribir poemas. Y en tantas ocasiones usado de ejemplo popular, de lo poco decoroso y antiestético, del daño y del sufrimiento. En definitiva, fue recurso del tópico común de lo nada bueno y sinónimo perpetuo de la fealdad. Acompañado, en no pocas ocasiones, de zarzas y ortigas en este baile de llantos.

En mi afán reivindicativo decidí comenzar por los significados y las palabras, por los conceptos que aclaran el lenguaje o, dicho de otro modo, tuve la necesidad de recurrir al Diccionario de la lengua española. Para ser exacto, a los significados que ofrece la Real Academia. Y, la verdad, nada nuevo bajo el sol. Dice la RAE sobre el cardo. Del lat. cardus. hojas grandes y espinosas como las de la alcachofa, flores azules en cabezuela, y pencas que se comen crudas o cocidas, después de aporcada la planta para que resulten más blancas, tiernas y sabrosas. 2. m. coloq. Persona arisca. 3. m. Bol., Cuba y Ec. caraguatá. “Más áspero que un cardo” 1. expr. coloq. Usada para ponderar el carácter adusto y desabrido de alguien. Aunque he de decir que encontré otras evidencias, más esmeradas en el sentido de la descripción botánica, donde a través de una colección de generalidades me hizo caer en la cuenta de la variedad e importancia, para nuestro diccionario, de esta fantástica planta.

De vernáculo en vernáculo transcurría mi descubrimiento. Salía a relucir un cardo ajonjero, cardo aljonjero o ajonjera (Carlina gummifera o Carlina acaulis ); el cardo bendito o cardo santo (Cnicus benedictus); otro popular o posiblemente más conocido por todos y protagonista en mi batalla (quizá también el más confuso al identificar, por confundirlo con el Eryngium campestre): cardo borriqueño, cardo borriquero o yesquero, el Onopordum nervosum), del que la RAE ofrece una fotografía detallada: “cardo que llega a unos tres metros de altura, con las hojas rizadas y espinosas, el tallo con dos bordes membranosos, y flores purpúreas en cabezuelas terminales”


Escrupulosa en pormenores y algo más exacta, la RAE, dibuja a otra familia (Apieceae) de la que algunos cardos, primos de hinojos y perejiles, también forman parte a través del cardo estelado, corredor, setero o cardo cucar (Eryngium campestre), el dibujo tenía este trazo: planta anual, de la familia de las umbelíferas, de un metro de altura, tallo subdividido, hojas coriáceas, espinosas por el borde, flores blancas en cabezuelas y fruto ovoide espinoso. Aunque inmediatamente es más escueta con el llamado cardo de María -señora con la que poco tiene que ver- o, mejor, cardo mariano, vernáculo derivado de su localización primigenia se dice, de la Silybum marianum, en Sierra Morena; supongo que, para el académico de entonces, no sea de este cardo nada digno de mención. A continuación, retoma la particularidad aludiendo al cardo estrellado (Centaurea calcitrapa): cardo de tallo peloso, hojas laciniadas, y flores blancas o purpúreas, dispuestas en cabezuelas laterales y sentadas, con espinas blancas.

De una planta silvestre que bien podría parecer un cardo, la narcotizante Lactuca virosa, nos indica que es de tallo derecho y leñoso, que alcanza unos dos metros de altura, de hojas grandes, sinuosas, dentadas y con espinas, flores de color amarillento rojizo, solitarias, terminales y sentadas. La planta está cubierta de un jugo viscoso y blanquecino. Sea porque esta plantita, emparentada con las jugosas lechugas, en muchos lugares es conocida como “cardo lechar o cardo lecherón:” Afortunadamente, en una página siguiente, como si fuese un acto de arrepentimiento, retoma y enmienda la figura del cardo originario de Sierra Morena, apuntando de él: cardo de tallos derechos, hojas abrazadoras, escotadas, espinosas por el margen y manchadas de blanco, y flores purpúreas en cabezuelas terminales.

En definitiva, lo que la RAE ofrece es una muestra algo representativa de entre los cientos y cientos de estas plantas, divididas en familias y subfamilias, especies y variedades, de las que se tiene constancia. Aun con todo, me quedó el sinsabor de que habría podido incluir algún ejemplar más, aunque hubiera sido un par más. Por tanto, con mi inquietud a cuestas, acudí a la sabiduría del pueblo, allí donde los apegados a la tierra saben de virtudes y fracasos, de tópicos y estereotipos, de dichos y sentencias y son expertos en refranes.

Pues qué otra cosa es el refranero sino el poemario popular de la tribu, ancestral como la propia palabra. Porque raro es quien no haya oído alguna vez aquello de Unos cardan la lana y otros se llevan la fama, refrán que me retrotrae a una de las especies utilizadas desde antiguo para menesteres varios. La cardoncha, cardo cardador o cardo de cardadores, donde tejedores de antaño y sus pisones de madera, movidos la por fuerza del agua, desenredaban cientos de fardos de lana con las cabezuelas de la Dipsacus fullonum para confeccionar paños y mantas.

Por no extender mucho más este apunte refranero y no caer en más repeticiones -que sin duda habrán de darse en lo que resta de texto- no estaría de más hacer referencia a la parte del estómago, si acaso para señalar a un par de ellos, o quizá tres, importantes, conjugados en este refrán que hasta hoy desconocía:  Del cardo la hoja, de la alcachofa: el corazón, donde encuentro homenaje (acaso por resarcir de la penuria del hambre, en la barbarie franquista de los años bélicos -y posteriores-, a las personas más humildes de nuestro país) para el ibérico Scolymus hispánicus, cardillo, cardo de olla o tagarnina; he ahí la alcachofa silvestre Cynara cardunculus e igualmente la domesticada Cynara scolymus o alcachofa, también nombrada alcaucil.

Otra muestra más para seguir incidiendo en la nada descabellada idea, la que mereciera estos pocos apuntes de mi historia, o mejor, la de los cardos por sí sola, sea el que defendiese que estamos ante una magnífica planta, que por distintos motivos ha llamado, desde siempre, la atención de las personas. Sin embargo, a pesar de la diversidad de especies y sus singulares y múltiples características, me queda la desazón del agravio porque se haya simplificado en "cardo" todo aquello que estilísticamente no gustaba, si acaso en el desprecio acostumbrado de denostar éso que el hombre desde antiguo consideró inferior a su Ser.

Cardos de los que sabemos en el antiguo y nuevo Testamento, donde los estudiosos de la flora de la Tierra Santa identificaron una Centaura spinosa (Isaias 34:13). Se sabe que un silybum fue citado por Plinio y por Dioscórides en su "Materia médica". Posiblemente sea un Cirsium heterophyllum (Cardo de la melancolía) la flor nacional de Escocia, aunque hay quien opta por el Cirsium vulgare o cardo guardián, quizá porque este se ajuste más a la leyenda que lo acompaña, en cualquier caso, lo es desde tiempos inmemoriales; igual que su protagonismo en épicos y patrióticos poemas, escritos algunos de los mismos por poetas vecinos de la nación del whisky. Es el caso del inglés Ted Hughes.

Planta que no pasó desapercibida en la literatura, como era de intuir. Fueron muchos, y lo son todavía, quienes hacen de estos vegetales protagonistas secundarios en sus versos, cuentos o narraciones; hasta hubo quien decidió que un cardo cualquiera, por sí mismo, ejerciera de primera estrella en distintos y variados textos. En las aventuras del cardo Hans Christian Andersen hizo de reyes y plebeyos una fábula perenne, recurriendo a la misma flor de Escocia. Unamuno se perdió con ellos en un poema o el propio Juan Ramón, donde a lomos de su Platero (el cardo y el asno, de siempre uña y carne en el imaginario popular) se topa con las Renegridas, sudorosas, sucias, perdidas en el polvo con sol del mediodía, aún una flaca hermosura recia las acompaña, como un recuerdo seco y duro... Míralas a las tres, Platero. ¡Con qué confianza llevan la vejez a la vida, penetradas por la primavera esta que hace florecer de amarillo el cardo en la vibrante dulzura de su hervoroso sol! El poeta de Moguer además de en el capítulo de Las tres viejas incidiría con los cardos en su obra poética; quizá llevado por el conocimiento propio de quien no se sabe atractivo y ese temor de aprobación del otro, escribiría una pequeña oda a la resignación, bajo el título de Dios del amor.

Unos versos llevados con impasibilidad hacia la categoría de doliente, con la cualidad extraordinaria del que se sabe maestro en el oficio del poema: Lo que queráis, señor;/ y sea lo que queráis.// Si queréis que entre las rosas/ ría hacia los matinales/ resplandores de la vida,/ que sea lo que queráis.// Si queréis que entre los cardos/ sangre hacia las insondables/ sombras de la noche eterna,/ que sea lo que queráis.// Gracias si queréis que mire,/ gracias si queréis cegarme;/ gracias por todo y por nada,/ y sea lo que queráis.// Lo que queráis, señor;/ y sea lo que queráis.

Me pregunto, si este par de cardos de Jiménez serán aquellas alcachofas silvestres que antes apunté o quizá el cardo mariano, o ambos, especies que en la actualidad sirven de cura al suelo hostil por las tierras del poeta, siendo capaces de colonizar y regenerar suelos contaminados, como los afectados por vertidos criminales y la tiranía medioambiental de las tóxicas petroquímicas. Cardos para emendar el suelo, tarea restauradora, nitrógeno para el espíritu, exactos como Juan Ramón Jiménez, la palabra y su poética.

Cardos que encajaron en la poesía. En poetas enormes, de talla… Lorca, Vallejo, Neruda, Mistral, Cradenal, Orozco, Ajmatova, Martí, Aleixandre, que valgan de ejemplo…  «Un cardo también es un poema». Y poemas para la posteridad en El Gayo que no cesa; como no cesara Miguel, poema a poema, cuando se trata de cardos y poesía. Recurrió a ellos en decenas de poemas.

No trataré de descubrir aquí y ahora su vida y penurias, el origen del poeta. Pero si hay alguien que tenga el don de la poesía y la capacidad de la palabra sufrida ese, sin duda, fue Miguel Hernández, quien desde su zurrón de dignidad, con la zamarra propia de su suerte, pastoreaba niño lindes y veredas, cordeles y cañadas, preñadas de cardos. Por tanto, planta familiar, hermana de sangres, sudores y lágrimas, para él. Compañeras que en su poética representarían el desgarramiento del dolor propio: Umbrío por la pena, casi bruno, /porque la pena tizna cuando estalla,/ donde yo no me hallo, no se halla/ hombre más apenado que ninguno./Sobre la pena duermo solo y uno,/ pena es mi paz y pena mi batalla,/perro que ni me deja ni se calla,/siempre a su dueño fiel, pero importuno./Cardos y penas llevo por corona,/cardos y penas siembran sus leopardos/ y no me dejan bueno hueso alguno./ No podrá con la pena mi persona/rodeada de penas y de cardos/: ¡cuánto penar para morirse uno.

Pero no sólo de lo estético vivo en mi desánimo. La repulsa y el argumento para la negación del otro alimenta por momentos mi tristeza, que perplejo me llevan a otros versos, donde encuentro otra violencia y, quizá, demasiada animadversión hacia esta planta única, significado sobresaliente en ejemplos de la familia Astaraceae (estirpe retratada en otro tópico: "margarita", que nos retrotraerá de un plumazo a la belleza de una flor cualquiera y por todos conocida). A Don José Emilio Pacheco le otorgué el exceso y la capacidad de profundizar en los matices de esta planta de flor humilde y exponerlos -o exhibirlos- en sus composiciones. El loado poeta mexical, de quien no quiero trascribir su poema El cardo (aunque invito desde aquí a un ejercicio de búsqueda), donde en la traslación transcurre desde lo arbustivo al plano humano en el poema y que me mueve a pensar en cierto exceso bélico hacia un ser vivo. Me pregunto qué le llevaría a este hombre en su ejercicio herboricida.

Yo imagino en su poema al Silybum marianum, el cardo mariano ya apuntado, posible casi en cualquier punto del planeta y ciertamente exótico, por el conformado volumen de espinas a modo de sistema defensivo que le acompañará durante toda su corta vida. Maravilloso en el porte, su esplendor colorido y primaveral. Hipnótico, incluso moribundo. De la misma manera fantaseo con don José Emilo y su proclama, llevado en volandas o sacado en procesión por un nutrido grupo de latifundistas agradecidos. Bueno, la imaginación a veces es caprichosa, pero no es menos cierta la realidad, porque hay noticias donde se apunta que, desde algunos ámbitos naturalistas en aquellas latitudes, abogan por erradicar las poblaciones existentes de Silybum y allegados. Por lo visto, a ellos y al poeta les resulta una planta prescindible en sus ecosistemas. Una pena.


Algo similar sucede con el canon verde en el esplendor que acoge a la subjetividad del mundo vegetal. Botánicos, paisajistas, naturalistas, ecologistas, jardineros… donde las apariencias que moldean el raciocinio en ocasiones nos lleva a denostar la belleza, puede que oculta, de una u otra planta. Tampoco es fácil, cuando se trata de plantas, llegar a la capacidad de distinguir entre belleza y/o fealdad. Supongo que el encanto, como se dice del buen vino, hay no solo descubrirlo sino disfrutarlo, cuando se encuentra. Y suele estar ahí, al otro lado de las gafas de mirar más allá de la nariz. Y como no me sale ser imparcial, quizás por ese poquino de juicio que uno sigue atesorando en su neocórtex atelarañado, decidí reivindicar en esta nota el preciosismo de esta planta marginada y desapercibida, aun siendo protagonista de cualquier rincón imaginable.

Porque quise saber cómo en el sentido del cardo respira la poesía actual en castellano, aludí a ella en mis redes sociales. Salieron a mi encuentro poetas, amigos y amigas, quienes a través de sus propias composiciones o lecturas recomendadas, me pude hacer otra idea, la de que el cardo goza de buena salud en nuestras letras. Leí con cierta amargura y mucho agradecimiento a mis contemporáneos: Cristina Morano, Sara Castelar Lorca, Tomás Rivero, Carmen del Río, Jorge Molinero, David Benedicte, Daniel Macias, Paco Moral, Giovanni Collazos, Jorge García Torrego, Anabel Caride, Tomás Soler Borja, Mar Gómez, Marisol Torres, Esther Cinta Reyes, Alania Sánchez, Jacob Iglesias, Auxi Comendador, Ana Gorría y Óscar Ayala,

Aunque en ocasiones me han herido, dije, a veces con cierta gravedad, me maravillan estas plantas que miro escuálidas y desabridas, recargadas de aguijones y espinas, casi siempre de un amarillo flaco, en inhóspitos lugares. Me atraen sobre todo cuando van amarilleando, poco a poco, hasta dejar su verde característico que las reconoce como herbáceas y desprenderse de su multiplicidad de colores cuando florecen. Me parece fascinante su capacidad de resistencia, su empeño en asentarse en cualquier terreno y multiplicarse. También porque son esplendorosas en sus cientos de formas y variedades, a cual más inquietante.

En este inventario de extremos me habré dejado seguro, en el camino, en el hábitat de la cuneta, más de una y de dos y de tres que todavía he de descubrir, así que prometo seguir atisbando con la mirada que me queda y, si puedo, rescatarla para el futuro, sin ir más lejos.


 




 









martes, 17 de noviembre de 2020

PARQUESOUL (Cuaderno a la intemperie)

 YA NO ESPERAN NADA DE NOSOTROS

inmóviles y heridos

con grandes oquedades en sus troncos

 

horadados por las mandíbulas exactas

de algún insecto oportunista

o por el sol

clavado con violencia en sus tallos

igual que espinas por la piel

 

los hay que supuran humores y tinturas

que fluyen como ríos

desde su vientre de madera

hasta la orilla de los pies

 

enfermos, podridos, marchitados

 

se van secando poco a poco

la vida se les va, en busca de una muerte más tranquila

abandonando este aire infecto

 

en algún momento, no sabemos cuándo

decidieron morir despacio y en silencio

 

hubo un tiempo en el que olvidamos sus cuidados

o quizá, los cuidamos demasiado

pues presentan los restos de barbaries

las faltas de cariño, de quienes dicen amarlos sin invierno

 

árboles, que llevan más de medio siglo anclados a estas tierras

como un tesoro, renunciado al fondo de la calle

aguardan en medio del escarnio, testigos de otro mundo

en el poema

 

si tuvieran mi laringe ahondaría en sus gargantas

separaría, cuerda a cuerda, la malla de su llanto

y dejaría salir el grito

 

porque gritan, yo les oigo

 

a pesar de mi sordera

 

#PARQUESOUL #Cuadernoalaintemperie2019 #GsúsBonilla

domingo, 15 de noviembre de 2020

 LAS FLORES EN LA POESÍA ESPAÑOLA

Por Anabel Sáiz Ripoll, Doctora en Filología y escritora.© ISLABAHIA.COM (Artículo original)

Desde siempre la poesía, la lírica, ha escogido distintos símbolos para reflejar estados de ánimo y sentimientos y, precisamente por ello, las flores suelen acompañar con su presencia multitud de poemas. Las flores y su uso que ya se pueden considerar como tópicos literarios en muchos poemas, con una larga tradición sus espaldas. De una manera que nunca será exhaustiva vamos a tratar de centrar algo más el papel de las flores en la poesía española.

La rosa debe ser una de las más evocadas por su belleza, pero también porque es efímera y a menudo sirve de advertencia a aquellos que creen que lo mundanal ha de durar, cuando es justo lo contrario. La azucena o las flores de azahar son indicadoras de pureza, de candor, de virginidad al lado de los lirios o de la flor del alhelí o los nardos. La violeta o la amapola como humildes presencias, cada una en su territorio, una en jardines y otra de manera salvaje, casi descuidada. La margarita como señal de los estados de ánimo volubles o infinidad de flores que aportan alegría, tristeza, melancolía, dramatismo o ternura a los poemas. 

EDAD MEDIA

Si volvemos la mirada atrás, en una ejemplificación rápida ya Gonzalo de Berceo en su Introducción alegórica a los Milagros de Nuestra Señora describe un lugar deleitoso cuajado de flores:

"La verdura del prado, la olor de las flores,
las sombras de los árboles de tempranos sabores
refrescaron me todo, e perdí los sudores
podrie vevir el omne con aquellos olores".

La poesía popular medieval, que se recoge en los "Cancioneros", no deja de incluir el saber popular y la referencia a las flores como elementos que se pueden identificar claramente con el amor y su cortejo:

"Lindas son rosas y flores,
más lindos son mis amores".

"Ya florecen los árboles, Juan:
¡mala seré de guardar!
Ya florecen los almendros
Y los amores con ellos
Juan,
Mala seré de guardar.
Ya florecen los árboles, Juan:
¡mala seré de guardar!"

En los Romances, ya a finales de la Edad Media, la alusión a flores, a árboles, a elementos vegetales no es infrecuente. Sin ir más lejos allí tenemos los espléndidos versos del "Romance del Conde Olinos", que nos hablan del amor poderoso más allá de la muerte:

"De ella nació un rosal blanco,
de él nació un espino albar,
crece el uno, crece el otro,
juntos se van a abrazar".

En las "Serranillas", el marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza, recrea también un escenario propicio para estas muchachas bellas y gráciles. Leemos en "La moçuela de Bores":

"Mas vi la fermosa
de buen continente,
la cara plaziente,
fresca como rosa,
de tales colores
cual nunca vi dama,
nin otra, señores".

RENACIMIENTO

Garcilaso de la Vega, en el Renacimiento, emplea la rosa, una de las flores más aludidas de todos los tiempos, para recordarnos que todo es efímero y que vivamos la vida la juventud, sobre todo, las mujeres; además de comparar el color de su dama con el de la azucen por su especial blancura:

"Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre"

Y Fray Luis de León, a manera franciscana y con falsa modestia, todo hay que decirlo, opinaba que sus "poemas eran florecillas que se le cayeron de las manos", aunque, bien es cierto que se trata de una poesía muy trabajada. Así, en la "Oda a la Vida retirada", influida por Horacio, pondera la vida alejada del "mundanal ruido", es decir un beatus ille y, en una de las liras, leemos:

"Del monte en la ladera
por mi mando plantado tengo un huerto,
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto".

Aún en el S. XVI, San Juan de la Cruz, el gran místico español, en el "Cántico espiritual", mediante una ambientación bucólica, intenta explicar la vía unitiva; esto es, la unión del Alma con Cristo. De este modo dice la Esposa:

"Buscando mis amores 
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras".

En otro momento añade, ya cuando se ha encontrado con el Esposo:

"Nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mi escudos de oro coronado".

Y en pleno diálogo amoroso, culmina:

"¡Oh ninfas de Judea,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales
y no queráis tocar nuestros umbrales..."

BARROCO

Los poetas barrocos -Góngora, Quevedo...- fueron más lejos y, llevados de su pesimismo que no era otro que el de la época, mostraron la rosa y las demás flores -clavel, alhelí...- como símbolo de la propia vida, que es polvo, humo, nada; como símbolo de las glorias mundanas que no nos trascienden, aunque Góngora es capaz de aunar las dos caras, la más festiva y alegre, con sus letrillas, y aquella otra pesimista y dura con sus poemas severos:

"Las flores del romero,
niña Isabel,
hoy son flores azules,
mañana serán miel".
(Góngora)

"Flor es el jazmín, si bella,
no de las más vividoras,
pues dura pocas horas
que rayos tiene de estrella;
si el ámbar florece, es ella
la flor que él retiene en sí.
Aprended, flores, en mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui,
y sombra mía aun no soy".
(Góngora)

"Goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue tu edad dorada
oro, lilio, clavel luciente,
no sólo en plata o viola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Góngora ,en "Prevención ante el Amor", un magnífico soneto, advierte a los amantes sobre los peligros del amor, porque entre las flores puede esconderse la serpiente:

"Amor está, de su veneno amado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.

No os engañen las rosas, que a la Aurora
diréis que, aljofaradas y olorosas,
se le cayeron del purpúreo seno;

Manzanas son de Tántalo, y no rosas,
que después huyen del que incitan ahora.
Y sólo del Amor queda el veneno".

Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, escribió poesía y hay muchos poemas populares que se le atribuyen y en los que destacan también la presencia de plantas y flores, puesto que se pondera la vida rural:

"A la viña viñadores,
que sus frutos de amores son;
a la viña tan garrida,
que sus frutos de amores son;
ahora que está florida,
que sus frutos de amores son,
a las hermosas convida
con los pápanos y flores:
a la viña, viñadores,
que sus frutos amores son".

O un "Cantar de siega" en donde habla del color de la piel de las mujeres que trabajan en el campo, que empiezan siendo blancas -azucena, dice aquí- y acaban siendo morenas, cuando el ideal de belleza de la época era el color pálido, que indicaba que la mujer poco trabajaba en menesteres campesinos:

"Mi edad al amanecer
era lustrosa azucena;
diome el sol y ya soy morena".

ILUSTRACIÓN

Los ilustrados en el S. XVIII no consideraban que la poesía fuese un negocio serio ya que sus afanes iban por otros derroteros, como cambiar el país y modernizarlo. Sin embargo, la poesía didáctica, moralizante, ejemplificadora también echa mano de las flores. Así José Antonio Porcel en "Fábula de Alfeo y Aretusa" dice, describiendo a la ninfa:

"No ilustró del Taigeto la escabrosa
cumbre ninfa más bella, pues la frene
en cada estrella vence luminosa
los ojos, que abre el cielo transparente;
de cuanto en sus mejillas mezcla hermosa
hizo con el jazmín, clavel ardiente,
queda un, que en dos hojas se señala,
que encierra perlas, y ámbares exhala."

Gaspar Melchor de Jovellanos empieza la "Epístola a Batilo" de esta manera:

"Verdes campos, florida y ancha vega,
donde Bernesga próvido reparte
su onda cristalina; alegres prados...".

Ahora bien, los autores deciochescos son más prácticos y a menudo ven más el fruto que las flores. Samaniego en "La zorra y las uvas" así lo explica:

"Cansábala mil ansias y congojas
no alcanzar a las uvas con la garra,
al mostrar a sus dientes la alta parra
negros racimos entre verdes hojas".

José Iglesias de la Casa en "La rosa de abril" escribe una letrilla en donde esta rosa simboliza la juventud efímera:

"Zagalas del valle,
que al prado venís
a tejer guirnaldas
de rosa y jazmín,
parad en buen hora
y al lado de mí
mirad más florida
la rosa de abril".

Juan Meléndez Valdés escribe anacreónticas en donde pondera el goce de los sentidos. Lo leemos en la "Oda De is niñeces":

"Siendo yo niño tierno,
con la niña Dorila
me andaba por la selva
cogiendo florecillas,
de que alegres guirnaldas
con gracia peregrina,
para ambos coronarnos,
su mano disponía."

En "El amor mariposa" compara el amor con una mariposa que va de flor en flor:

"Ya en el valle se pierde,
ya en una flor se para, 
ya otra besa festivo,
y otra ronda y halaga".

En "La paloma de Filis" compara el regazo de la dama con las azucenas y él bien quisiera reposar allí como una palomita:

"Inquieta palomita,
que vuelas y revuelas
desde el hombro de Filis
a su hala de azucenas;
si yo la inmensa dicha
que tú gozas, tuviera,
no de lugar mudara,
ni fuera tan inquieta".

ROMANTICISMO

En el Romanticismo, las flores, los vergeles aparecen para ilustrar múltiples poemas, sobre todo aquellos que aluden a Al-Andalus, como pueden ser las Orientales de Zorrilla, llenas de ritmo y magia.

"Tengo un palacio en Granada,
Tengo jardines y flores,
Tengo una fuente dorada
Con más de cien surtidores"

La búsqueda romántica es irrealizable, operan en el vacío, se sienten desposeídos; de ahí que, por ejemplo, Novalis, aunque no sea un poeta español, ande buscando la flor azul.

Hermosa es, sin duda la composición de Juan Eugenio Hartzenbusch "La Flor No me olvides" donde recrea el origen legendario de esta flor:

"Una flor azul celeste
vio flotar sobre las aguas,
y con un tierno suspiro
dijo entre sí estas palabras:
"¡Flor infeliz, de una vida
que ser no pudiera larga,
bien temprano te despojan
esas olas inhumanas!".

José de Espronceda en el Canto a Teresa, recuerda su gran amor por Teresa Mancha que ya ha muerto y lo plasma en octavas reales, en alguna escoge las flores como imagen poética con la que identifica a la amada:

"Que yo como una flor que en la mañana
Abre su cáliz al naciente día,
¡Ay! Al amor abrí tu alma temprana,
Y exalté tu inocente fantasía
Yo, inocente también, ¡oh! Cuán ufana
Al provenir mi mente sonreía,
Y en alas de mi amor con cuanto anhelo,
Pensé contigo remontarme al cielo!"

Gertrudis Gómez de Avellaneda en "A él" se ve a sí misma como una flor, la flor de su juventud:

"Melancólico fulgor
Blanca luna repartía,
Y el aura leve mecía
Con soplo murmurador
La tierna flor que se abría"

Enrique Gil y Carrasco escribe un largo poema, "La violeta" en el que identifica su soledad, su propio estado de ánimo con una violeta:

"Tú allí crecías olorosa y pura
Con tus moradas hojas de pesar;
Pasaba entre la yerba tu frescura,
De la fuente al confuso murmurar".

Carolina Coronado dedica un poema a la "Rosa blanca" en el que nos habla delo efímero de la vida y del papel de los poetas:

"La luz del día se apaga;
Rosa blanca, sola y muda,
Entre los álamos vaga
De la arboleda desnuda,"
(...)
"El poeta, "suave rosa"
Llamóla, muerto de amores...
¡El poeta es mariposa
Que adula todas las flores!

Bella es la azucena pura,
Dulce la aroma olorosa,
Y la postrera hermosura
Es siempre la más hermosa".

Gustavo Adolfo Bécquer no podía ser ajeno a las flores y plantas en sus Rimas habla de "azules campanillas, violetas y azucena tronchada" y también, en unos célebres versos de que la naturaleza nunca es la misma porque todo pasa:

"Volverán las tupidas madreselvas
De tu jardín las tapias a escalar
Y otra vez a la tarde aún más hermosas
Sus flores se abrirán.

Pero aquellas cuajadas de rocío
Cuyas gotas mirábamos temblar
Y caer como lágrimas del día...
Esas... ¡no volverán!"

Rosalía de Castro tampoco se olvida de las flores ni de que las rosas tienen espinas:

"En su cárcel de espinos y rosas
Cantan y juegan mis pobres niños,
Hermosos seres desde la cuna
Por la desgracia ya perseguidos".

Hermosa es, sin duda la composición de Juan Eugenio Hartzenbusch "La Flor No me olvides" donde recrea el origen legendario de esta flor:

"Una flor azul celeste
vio flotar sobre las aguas,
y con un tierno suspiro
dijo entre sí estas palabras:
"¡Flor infeliz, de una vida
que ser no pudiera larga,
bien temprano te despojan
esas olas inhumanas!".  

MODERNISMO Y GENERACIÓN DEL 98

Cabría recordar, aunque sólo sea el título, la obra de un gran escritor francés, de los considerados malditos, Las flores del mal, de Baudelaire. En el Modernismo, con Rubén Darío a la cabeza, los poemas se pueblan de estanques llenos de nenúfares y de flores de loto, de flores de lis, de bailes y de anémonas, de riqueza sensorial sin límite. Los hermanos Álvarez Quintero, por esa época, aunque en teatro, bautizan Malvaloca a una de sus obras más emblemáticas. Manuel Machado, en sus versos, no deja de emplear flores -rosas, jazmines, adelfas...-, pero de manera metafórica:

"En mi alma, hermana de la tarde,
no hay contornos...
la rosa simbólica de mi única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color." 

"Morir es... Una flor hay en el sueño
-que al despertar ya no está en nuestras manos-
de aromas y colores imposibles...
Y un día sin aurora la cortamos".

O esos otros tenues versos de "El viento":

"...Y perfume
de jazmines
y una risa..."

Y en el soneto que dedica a "La Infanta Margarita", de las "meninas":

"Como una flor clorótica el semblante
que hábil pincel tiñó de leche y fresa,
emerge del pomposo guardainfante,
entre sus galas cortesanas puras".

Y las adelfas, por supuesto, en "Nocturno madrileño":

"De un cantar veneno,
como flor de adelfa".

Francisco Villaespesa dedica un soneto de belleza exquisita al jazmín que le trae otros recuerdos y que copiamos íntegro porque acaso no sea muy conocido y bien vale la pena:

PUREZA DE JAZMINES

¡Jazminero, tan frágil y tan leve
que bastara con un soplo de aliento
para que disipases en el viento
tu intacta castidad de plata y nieve!

Tu pureza me evoca aquella breve
mano de espumas y encantamiento,
que ni siquiera con el pensamiento
mi corazón a acariciar se atreve.

Con su blancura a tu blancura iguala;
con tus piedades sus piedades glosas...
como tú, tiene el corazón florido.

Y, también como tú, también exhala
sobre el eterno ensueño de las cosas
un perfume de amor, luna y olvido"

Salvador Rueda en "Idilio y elegía" habla de los pueblos campesinos y del campo al que exalta:

"Tendieron las cañadas
sobre el claro cristal de las albercas
doseles de granadas
y rebosaron las lujosas cercas
cálices con pistilos como ajorcas
manzanas por el sol arreboladas,
penachos de mazorcas,
de hebras azafranadas,
pimientos en racimos
como borlones de esmeraldas hermosos,
y duraznos opimos,
y cermeñas sabrosas,
y membrillos, del huero gloria y gala,
y oleadas espléndidas de rosas
y claveles cual luces de bengala".

Antonio Machado se recreará -como todos los de su Generación- en el paisaje castellano y cantará de las tierras sorianas, en las que resalta el camino de San Polo a San Saturio, cuajado de álamos. A. Machado, como ya sabemos, es el autor del poema "Al olmo" en donde aborda un tema que a él le es muy grato: la resurrección primaveral, el milagro de la primavera. Pero no olvida sus raíces sevillanas y recuerda el patio del Palacio de las Dueñas, en el que nació, donde madura el limonero o la yerbabuena que tenía su madre en los balcones... Y ya en la Guerra Civil escribe un rotundo soneto, "La muerte del niño herido", donde identifica a ese niño que muere ante la impotencia de su madre con una "flor de fuego", esto es, traspasado por la fiebre.

J. Ramón Jiménez emplea también la rosa a manera simbólica para representar su Obra y dice: "No le toquéis ya más, que así es la rosa". En estos versos se resume la esencia de su poesía pura; es decir, cuando el poema ha llegado a la perfección, a la rosa, ya no hay que añadirle nada mas, dejarlo como creación absoluta. El poeta de Moguer, en sus primeros poemas, también acude a las notas modernistas de las flores como pueden ser las lilas, que aportan notas suaves, nostálgicas a sus poemas:

"Con lilas llenas de agua,
le golpeé las espaldas.
Y toda su carne blanca
Se enjoyó de gotas claras".

El Juan Ramón Jiménez de su poesía primera está cercano al modernismo y a la poesía de Bécquer:

"¡Ay, camino! ¿A dónde vas,
todo verde y florido,
a la música doliente
de los álamos del río?"

VANGUARDIAS Y GRUPO DEL 27

Vicente Huidobro, el padre del Creacionismo, aguijonea y provoca a los poetas diciéndoles, mejor, casi exigiéndoles:

"¡Oh, poetas, no cantéis la rosa
Hacedla florecer en vuestros versos".

Los autores del 27 tampoco desdeñan las alusiones vegetales florales. Federico García Lorca es quizás uno de los mejores ejemplos -aunque también podemos recordar el espléndido Soneto al ciprés de Silos de G. Diego-. Lorca emplea nardos, claveles y rosas para simbolizar la blancura y el contraste con la sangre. Son imágenes poderosísimas que aparecen en su Romancero gitano:

¿No veis la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas 
Lleva tu pechera blanca.

"Ni nardos ni caracolas 
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo".

"Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza
La nueva luz se corona".

Lorca no deja de emplear estas imágenes y siguen apareciendo en Poeta en Nueva York, ahí leemos un poema angustioso, un poema visionario, "La aurora de Nueva York" en donde emplea el "nardo" como símbolo negativo:

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

Rafael Alberti en "San Rafael (Sierra de Guadarrama)" escribe una cancioncilla de corte tradicional aunque con tono negativo en que las zarzas y los rosales sin vida juegan un papel importante:

"Zarza florida.
Rosal sin vida.
Salí de mi casa, amante,
por ir al campo a buscarte
y en una zarza florida
hallé la cinta prendida, 
de tu delantal, mi vida.
Hallé tu cinta prendida,
y más allá, mi querida,
te encontré muy mal herida
bajo del rosal, mi vida.
Zarza florida.
Rosal sin vida;
bajo del rosal sin vida".

En un soneto dedicado a la pintura, "A la retina", también alude a un jardín, aunque se trata de un jardín especial:

"A ti, jardín redondo, donde mora
de par en par pintada la belleza;
flor circular que irisa en su cabeza
del rayo negro al rubio de la aurora".

Rafael Alberti también recoge la carga reivindicativa que tienen las flores, recordemos sin ir más lejos su poemario Entre el clavel y la espada.

Dámaso Alonso, en el poema "Insomnio", espléndido poema de Hijos de la ira, clama a Dios y le increpa:

"Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?"

Vicente Aleixandre, por su parte, inicia "Criaturas de la Aurora" con estos versos:

Vosotros conocisteis la generosa luz de la inocencia.
Entre las flores silvestre recogisteis cada mañana
el último, el pálido eco de la postrer estrella.

Emilio Prados en "Cuando era primavera..." se lamenta de la situación en que vive España y recuerda el pasado, cuando era "primavera":

"Cuando era primavera en España:
frente al mar los espejos
rompían sus barandillas
y el jazmín agrandaba
su diminuta estrella 
hasta cumplir el límite
de su aroma en la noche...
¡Cuando era primavera!"

DE LA POSGUERRA A LOS 50 

Juan Gil-Albert, que practicó el exilio interior, en "Elegía a una casa de campo" recuerda un pasado que ya no está, que ha sido arrebatado por la violencia:

El tiempo que fluía superfluamente
como en el desarrollo de una flor,
¿ha podido barrenarse sin estrépito
y una sima intransitable separarnos
desde hace breves horas?

Miguel Hernández, que es un poeta del 36, como ya sabemos, al final de su espléndida "Elegía a Ramon Sijé", la más bella elegía que nunca se haya escrito escribió con emoción contenida:

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

En la sobrecogedora nana que le escribe a su hijo en la cárcel, "Nanas de la cebolla" compara las flores con ese pequeño que vencerá, que será la libertad que el padre no tuvo:

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
Y las alondras.
Rival del sol,
Porvenir de mis huesos
Y de mi amor.

Y compara también los dientes del niño con jazmines:

"Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas 
Ferocidades.
Con cinco dientes
Como jazmines
Adolescentes".

Victoriano Crémer en "Hombre concreto" baja la voz para mencionar el ritmo de la flor y compararla con la esperanza:

"(A veces, una flor, casi unánime, construye
ante los ojos el asombro; acaso el beso
se disfraza de dicha insospechada,
o levantamos la mirada al cielo)".

En el grupo poético de los 50, Francisco Brines, por ejemplo también alude a un jardín en Las brasas, aunque es un jardín triste y desolado:

"El jardín está mísero, y habita
ya la ausencia como si se tratase
de un corazón, y era una tierra verde".

En "Cuando yo aún soy la vida", en Aún no, hay también una mención a la rosa, aunque no se trata precisamente de la flor:

"La rosa cuchillada
de la mar, las derribadas luces
de los huertos, fragor de las palomas
en el aire, la vida en torno a mí,
cuando yo aún soy la vida."

Claudio Rodríguez en Don de la ebriedad incluye un poema en el que retrata la imagen de una flor como símbolo de lo poco duradero:

"¡Que todo acabe aquí, que todo acabe
de una vez para siempre! La flor vive
tan bella porque vive poco tiempo
y, sin embargo, cómo se da, unánime,
dejando de ser flor y convirtiéndose
en ímpetu de entrega...."

PUNTO Y SEGUIDO


Sin duda, encontraríamos múltiples y hermosos ejemplos más que asocian las flores a tal o cual estado o sentimiento, la timidez con la violeta, la pureza con las azucenas o los lirios, la inconstancia con las margaritas -me quiere, no me quiere-; pero valgan los ejemplos citados como acicate para que el lector disfrute de la poesía y lo haga con los ojos del amor y del corazón.

Y, sin duda también, que localizaríamos otros poemas menos líricos y más reivindicativos que también aluden a la flor como símbolo, ya sea la flor roja como la sangre o como la pasión y la fortaleza.

No cabe duda que, gracias al universo floral, hemos podido recordar algunas de las páginas de nuestra literatura.  

viernes, 30 de octubre de 2020

BOTÁNICA

 Amanece en el hemisferio norte/ despierta el jardín y la jardinera 

Ashle Ozuljevic


Después de algún tiempo laborando entre poemas y versos, contextualizando flores, arbustos y arbolado vario, he llegado a la conclusión de que la poesía y las plantas son incomprensibles. Sin embargo, muy a mi pesar, tengo una certeza. Y esta es, la de que tanto la poesía como las plantas también se expresan de una manera propia, tan particular y mimética que, a poco me empeñe, puedo llegar a entenderlas. Sobre todo, en ese crítico momento donde en lo ocasional y en la circunstancia, tanto la una como las otras, se presentan carentes, excesivas o necesitadas, en lo emocional y, obviamente, en lo nutricional o saludable.

A mi desvalido entender, la poesía orgánica que en este libro ofrece Aslhe nos remite a un conocimiento importante del reino vegetal -en su cuaderno analizado en lo didáctico y usado como ejercicio de traslación en la poética- donde flora y espesura amanece en el poema cual ecología textual que hacen de la poesía un nuevo ser vivo en el propósito de la palabra, en la sensibilidad del extrañamiento y en la paradoja del misterio. También, en la fuerza identitaria e ideológica de quien versa en "Botánica".

El hábitat de esta desconcertante maravilla (donde a veces estamos ante un poemario y otras, parecerá, que muy cerca de un tratado de ciencia) consiste en una colección de textos a medio camino de un herbarium metafórico y el índice real y palpable de vegetales y personas, amalgamados en la particularidad de sus propios procesos vitales. En todo caso, el poema lignificado, con albura y duramen; la planta, su flor, el árbol y el fruto, dignificados unos y otros, verso a verso, poema a poema. Referencias que aparecen en "Botanica' como una comunidad necesitada de ser aclamada, taxones en cursiva, nomenclatura científica, pero sin olvidar la vecindad del nombre vernáculo en lo común y conocido, poniendo en evidencia de ese modo a la hermética obscuridad, tan recurrente de la poesía contemporánea en castellano. A pesar del yo, a pesar de las rebuscadas vanguardias, la moda y los subjetivos cánones. Recomendado es llegar hasta al epílogo de este libro y se asombren con el trato y el vínculo, que la autora establece con la planta primera, poemón de los que hacen estallar una cabeza.


Decir, porque es sabido, que en la mayor parte de la poesía de todos los tiempos siempre ha sido lo educado idealizar el paraíso, abstrayendo lo que es común a muchas cosas, formando así un concepto que las comprenda todas. Por eso flor (si, pero cuál); árbol, (si, pero cuál); hierba (si, pero cuál); etcétera, si, pero qué. Recursos anodinos, flotadores y oxígeno y carne sobada. Que usamos por inconsciencia o, a lo peor, por falta de imaginarios. Así pues, ahora que los botánicos enzarcillan de nuevo las nomenclaturas y el Rosmarinus officinalis - de siempre Romero- es llamado Salvia rosmarinus, no está de más reparar en quien huye, como lo hace Ashle Ozuljevic, de la generalización literaria del mundo verde, remangándose, sin dudarlo, para llenarse de sustrato vocal los dedos de la mano y empezar a llamar  las "cosas," es decir, a las plantas, por su nombre (y apellidos): Schinus molle, Carica papaya, Doseras uniflora, Lathyrus odoratus, Rhodophrala rhodolirion, Macrolobium taxifolium, Scabiosa cretica, Linaris vulgaris, Nothofagus pumilo, Mirabilis jalapa, Pterocarpus officinalis... así hasta referir más de cincuenta especies, texto por texto, en este poemario.
Pero no sólo. Porque también en este espacio un verso dice lo escribo sin perfumes florales en el entorno/ sin cálices pentafolios pilosos/ ni opérculos inframilimétricos; y otro dice cuando sudando cartáceos o pegado a mi cuello rosado a rojo/ claro maduro mesocarpo carnoso; y otro sabes/ el pulso botánico/ varía según la filotaxis/ que a su vez está sujeta/ a la estructura primaria caulinar; y otro más así lo designan los maristemas apicales/ preferimos siempre frutales/ a eudicotiledóneas arbóreas y tantos otros son, que dejo al descubrimiento del lector, porque es la estupefacción también, ante la capacidad de la autora de hilar verso a verso el glosario botánico y la poesía pura, la que me impide extender más este apunte.

Hace unas pocas semanas participé en la presentación, en el Jardín Botánico de Madrid, del Herbario de Emily Dickinson -maestra jardinera- que la editorial Ya lo dijo Casimiro Parker acaba de recuperar para quien guste del binomio poesía y jardinería, e hice referencia a la inquietud de la divulgadora y bióloga Aina S. Erice, donde en su ensayo Las plantas olvidadas (Ariel, 2019) sostiene que las canciones, los poemas, los libros, las historias y las creencias que dan forma y alimentan nuestra cultura se han vaciado de plantas, por ello la necesidad de trazar una nueva ruta a seguir y poner en marcha un círculo virtuoso donde la relevancia material alimente la imaginación, y la relevancia imaginaria fortalezca el papel material de estas plantas en nuestras vidas. He aquí esta Botánica, de Ashle Ozuljevic, como un propósito de camino y una guía literaria para empezar a caminar en este sentido.


Obligado para mí, antes de finalizar esta serie de notas en este cuaderno digital, aludir a mi gratitud por el legado botánico que nos regala Ashle en este cuaderno de poemas, editado en las Ediciones Liliputienses del incombustible Chema Cumbreño (al que también felicito por esta acertada publicación), escrito desde la particularidad climática que propone la Patagonia chilena, la Tierra de fuego y nuestra propia Catalunya. Con el planteamiento de que, una de las mejores maneras, para sacar un poema adelante, al igual que ocurre con las plantas, es observar el jardín todos los días, Ashle, cual jardinera, se acompaña en solsticios y equinoccios de las herramientas precisas, lapicero en mano, ojos como platos, y esa capacidad de asombro en el esplendor festivo de la Madre tierra y su vestido verde.

viernes, 23 de octubre de 2020

Tolpis barbata

Hace semanas que perdieron la humedad y su esplendor; fueron de las primeras flores en colonizar los mantos verdes en el inicio de la primavera y ahora, que la misma primavera se muere otra vez, la Tolpis, característica en los terrenos baldíos y olvidados, ofrece otra belleza, quizá insignificante, parecida a la de las actrices desafortunadas que languidecen serenas y dignas.

A mí, que gusta mirar de frente, pocas veces sintomatizo la cobardía, aunque haga alarde del abatimiento en mis silencios. Momentos en los que me disperso, difuminado entre lo que me rodea.

Sin embargo, hay ocasiones en las que prefiero agachar la cabeza y mirar al suelo, porque sé que voy a encontrarme con un firmamento de estrellas secas. Igual son espectáculo pequeño. Pero para mí sólo y suficiente para detener el instante y de ese modo acoger toda su grandeza.

Gsús Bonilla (Cuaderno de campo. Junio 19/19) 

N 40º 12' 32.901'' / O 3º 55' 17.74''


Campanula petula

 

imagen by alpenflora.ch
Es frecuente en los cursos de agua y en las sendas que nos trasladan de aquí para allá, casi mecidos, encaminados hacia la propia afectividad, hacia los vínculos tuertos y las espinas atemporales de relaciones presentes y las pasadas, y las que están por venir, dar con esta minúscula flor.
No encuentro forma de presentarme ante una campanilla silvestre (Campanula petula) si no es con las pañaletas de la camisa por fuera y los bolsillos cargados de afecto y cariño, medios rencores y algún que otro coágulo de odio, incrustado, casi desvanecido, pero que no termina de salir del todo, por mucha leche tibia que se le haya aplicado, desde entonces, a lo largo de los años.
Quiero, digo, presentarme en condiciones, armado y equipado con la satisfacción que produce el asombro ante los descubrimientos, con la obligación de dejarme olvidar, de no hurgar en otras emociones o daños que no sea el empuje de una nueva aventura en el bosque, entre arroyos perdidos y piedras antediluvianas, como un mundo de colores primarios, recién nacido y por explorar, y del que deduzco me mira fijamente, igual invitándome, quizá retándome, a esa mirada inexcusable que rezuma felicidad en los rostros vírgenes. 

Gsús Bonilla (Cuaderno de campo. Agosto 05/19) 

N 42º 16' 48.031'' / O 6º 19' 36.183''

domingo, 4 de octubre de 2020

LAS FENDAS DEL CORAZÓN

"Mi oficio, ser jardinera, tiene mucho que ver también en mi forja, tengo los ojos, el corazón y el Alma verdes, amante fiel de la Madre Naturaleza. A veces ha sido el único arbotante al que asirme cuando la angustia me cegaba. Mis plantas, mis macetas, mis esquejes, trabajar con mis manos, estudiar y explicar mi profesión ha sido tan gratificante, que me ha hecho tan feliz, que aunque de copa pobre, he sido capaz de entretener unas raíces que me han anclado lo suficiente para no sucumbir y para vislumbrar que no hay jardín más bello que el que uno posee en su interior y que es el que mejor hay que cuidar". 

 Así, de esta manera, se presenta Victoria Olaya en 'Las fendas del corazón', un poemario de una jardinera, hoy poeta, extraordinariamente sensible y vitalista, que ha publicado su primer libro una vez macerada su propia experiencia vital, después de haber superado el medio siglo de vida. Por tanto, me encontré unos poemas de línea clara, verso libre, a veces enrolados en la rima, y siempre comunes en su profundidad. 

 Victoria escribe a la Simiente vana, a un Acer palmatum, a la senectud del árbol, a la Ipomoea indica, al Reineto de la huerta y a la primavera lluviosa, pero también hay Versos adolescentes como poso de lo vivido. Versos de lo nuestro, Versos de amistad, Versos de amor y otros desastres. Creo saber que me encuentro ante una poeta sin engaño ni pretensión, en mi mundo, que escribe a la vida desde la vida. Honestidad.

Gracias a ella supe -ignorancia de jardinero- qué es una 'Fenda'. Me lo explicó sobre un mostrador de cristal ante una expectante librera de barrio en una pandémica tarde de un verano a punto de morir, en nuestro querido Vallecas, aferrada a sus poemas, con la defensa propia de quien decide una lucha constante, sin tregua, desde la humildad y el coraje, con el convencimiento de que no hay nada perdido.

Apunté en mi memoria: singularidad de la madera, separación entre fibras, discontinuidad de los anillos de crecimiento... 'fendas', en función de su origen, como las producidas por los rayos del sol cuando el árbol está en pie, o las que se producen por la acción del hielo. En todo caso, el clima como actor principal en la herida característica del individuo. Increíbles todos estos paralelismos entre grietas y heridas y poesía con su propuesta de puro corazón verde.

Siempre vegetófilos, porque deduje que hablamos un mismo idioma, que nos apasiona. Luego, igualmente, usaremos el lenguaje propio de la poesía, aquel que alcanza desde lo interior hacia lo exterior, con conciencia de suelo y profundidad. Raíz. Tallo. Cresta, vértice, ápice y copa. Ramas, para un tiempo presente, donde hemos de cuidarnos del talador y hacer frente a la mutilación. Si, ciertamente, quizá también seamos ramas, a merced de un viento extraño que sopla.

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#lasfendasdelcorazón #VictoriaOlaya